El Cerro Corona, un gigante dormido en la meseta rionegrina


Gigante dormido en la altitud de la meseta oteando la lejanía de las tardes patagónicas. Habrás visto las jornadas fatigosas de los fiscaleros, las labores rudas de los cuidadores de chivas, la paciencia serena del alambrador, del buscador de leña, la soledad más sola de los puesteros, los cazadores de guanacos, los avestruceros, la mirada curiosa de los pilquines, el paso furtivo del zorro colorado, el trote arisco de los yeguarizos montaraces, el vuelo en altura de los pájaros migrantes, las piedras calcinadas de los escoriales, la nevazón inclemente y zaina, los corrales de pircas, los ranchitos como hilachas al viento y al sol, las estrellas frías del Sur.

Habrás escuchado la espesura del silencio, el balido lastimero de las ovejas, el soplido del viento enloqueciendo los cañadones, el ladrido de los perros famélicos y audaces, el rumor claro del agua en los vertederos, el derrumbe de las piedras, el relincho arisco de las bestias, el tumulto de las aguas impetuosas de las crecientes, las voces gastadas de los pobladores ahítos de pobrezas y desgracias.

Habrás hurgado la profundidad en el círculo de la leña de piedra y los líquenes, descifrado el mensaje de los petroglifos y las pinturas rupestres, seguido el rastro de la piedra rodadora, desenterrado las viejas hachas ceremoniales de la raza vieja y sentido la hendidura fatal de los tunales y sus espinas.

Habrás mirado pasar las lunas recurrentes y el camino rutinario de los astros, oído caer la lluvia torrencial después de los años de sequía, sentido el rocío matinal como una bendición asperjado en tus laderas, habrás templado las distancias como el clavijero de una guitarra y divisado a lo lejos la polvadera de los intrusos.

Cerro Corona, imponente entre tanta planicie que se prolonga como una letanía hasta donde se pierde la vista, promontorio aislado, otero perdido de otras edades milenarias plenas de vigilias y custodias, señor del Somuncurá donde las piedras hablan y las plantas se achaparran, macizo que busca la altura desde la tierra pobre para celebrarla como en los viejos ritos ancestrales, poblador solitario en la vastedad infinita de la mesada.

¿Qué arcanos misteriosos se cobijan en tu faldeo? ¿Qué sueños se adormecen en tu altura? ¿Qué majestad habita tu geología imponente? ¿Qué corona de jarillas adorna la cima de tu testa? ¿Qué misterios subyacen en la honda oquedad de tus piedras primordiales?

Sólo tu porte de gigante sabe resistir al viento y regir la latitud azulada de la meseta para protegerla del pajuerano que con aires timoratos profana un ámbito que otrora fue sagrado.

Sólo tu entraña sensible conjuga un mensaje de atención para que nadie trepe a tu altura sin comprender el significado de la tierra y sus conjuntos y compre distancias con sus pesos falaces.

¡Sólo tú sabes resistir al forastero que ignora que tiene que descalzarse porque tierra sagrada está hollando sin estar preparado! Y para que aprendan, cubriéndote de densos nubarrones les darás tormentas y escarmiento hasta que desistan de subir.

No saben que solo los hombres de limpio corazón que te propician con buenas intenciones podrán escalarte y hacer cima en tu altura majestuosa. Y eso para comprender allí en tu magisterio elevado que los hombres somos apenas una insignificancia, un accidente ante tanta grandiosidad, un instante fugaz como el jote que pasa por el cielo, un breve segundo en la historia de la humanidad.

JORGE CASTAÑEDA

ESCRITOR

VALCHETA

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